“La verdad los hará libres”. Pero, ¿cuál verdad? “La verdad los hará libres”. Pero, ¿cuál verdad?
“Ustedes conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, es una de las frases que los creyentes cristianos celebran con mayor entusiasmo. Y... “La verdad los hará libres”. Pero, ¿cuál verdad?

La verdad los hará libres“Ustedes conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, es una de las frases que los creyentes cristianos celebran con mayor entusiasmo. Y los creyentes cristianos se enorgullecen y jactan de ser los tesoreros y guardianes de la verdad. Los únicos y exclusivos seres libres del universo.

Los creyentes cristianos sienten la responsabilidad de hacer conocer la verdad a todos los hombres y mujeres sobre la Tierra. Cada individuo será verdaderamente libre solo cuando haya aceptado la verdad contenida en la Biblia. Allí está todo lo que necesitamos saber para ser libres (y, por ende, felices).

¿Por qué, entonces, tantos creyentes cristianos parecen esclavos de sus dogmas? ¿Por qué padecen por aquello que está bien y aquello que está mal, por lo que creen que deben o deberían hacer, o por las consecuencias que creen que van a padecer si no dejan de hacer tal o cual cosa, o por los terribles castigos que están seguros que les sobrevendrán si llegan a hacer aquello que tanto desean pero su religión prohíbe?

Sería un ejercicio interesante tratar de definir las características y cualidades de aquella verdad que, en palabras de Jesús, es portadora de libertad.

En otra parte de las Escrituras cristianas, el Maestro profetiza que llegará un día cuando nadie necesitará que se le enseñe nada, porque todos llevaremos el conocimiento escrito en nuestros corazones.

Parece que ese día todavía no ha llegado para muchos creyentes cristianos, que acuden presurosos a que alguien más inteligente, más sabio, o que ha estudiado las Escrituras más que ellos, les diga lo que deben creer, cómo deben pensar y cómo deben comportarse.

Digamos que los creyentes cristianos que actúan de ese modo son semejantes a los devotos de cualquier otra religión, que corren ansiosos a que alguien les muestre el camino a seguir. Unos y otros desconfían de su propia capacidad y su propio derecho a saber la verdad por sí mismos. Creen que la verdad está allí afuera, en alguna parte, y tiene que ser descubierta y aprendida cual si fueran lecciones escritas en un manual.

La verdad, cuando se rigidiza y se traduce en mandatos, normas, deberes y prohibiciones, cuando adquieren estatus universal, deja de ser verdad y se transforma en dogma. Y cuando es incorporada y asumida como dogma, produce temor, servilismo y muerte espiritual.

La verdad que libera es aquella que se niega a fosilizarse, que jamás se rigidiza del todo –aunque siempre hay una tendencia en el ser humano a aquello que nos provea una sensación de seguridad, al menos provisoria–.

La verdad que libera siempre mantiene fresca una cuota de búsqueda. Siempre tiene una dosis de pregunta, de interrogación, un espacio para la duda, que deja abierta la posibilidad de nuevas formulaciones, de variaciones, de perspectivas novedosas, de situaciones que requieren volver a pensar, volver a decidir, volver a elegir.

Un mundo –un mundo interior– regido por dogmas es un mundo de fronteras rígidas, es un mundo pequeño, reducido. Puede brindar una cierta sensación de seguridad y confianza. Es un escenario en el que parece que sabemos dónde comienza y termina el mundo en el cual existimos, el territorio dentro del cual nos movemos, con peligros y amenazas más o menos bajo control.

Pero es un mundo demasiado frágil y endeble. El requisito para vivir en un mundo de esas características es que neguemos las dudas, que nos cerremos a las preguntas, que hagamos la vista gorda a las cosas que no nos cierran.

Hacer lugar a la pregunta implica dejar abierta la dimensión de búsqueda, y esa búsqueda podría llevarnos a lugares demasiado peligrosos, con demasiadas amenazas que desconocemos y que nos llenan de temor y ansiedad.

En algún momento de mi temprana juventud tuve mi primera y gran “revelación”. Se trató de un momento de “iluminación” –todos los tenemos a lo largo de nuestras vidas–, cuando un simple pensamiento surgió y tomó cuerpo en mi mente: “No se trata de saber cuál es la verdad, de lo que se trata es de saber cuál es la pregunta”. Esta idea ha sido uno de mis leit motiv, uno de mis principios filosóficos fundamentales e irrenunciables.

Son las preguntas –y no las verdades dogmáticas– las que me han permitido correr las fronteras de mi mundo interior y experimentar una libertad más auténtica y más sana.

No es sin momentos de ansiedad o angustia. Pero es con la certeza de que el mundo es infinitamente más grande y maravilloso de lo que había aceptado mientras suscribía las verdades de la religión.

Ahora lo sé: la verdad está dentro de mí y afuera de mí.

El que lee, entienda.

Esteban Owen

Esteban Owen

Esteban Owen es el propietario de VivirConscientes. Además es titular de Concepto Lateral (www.conceptolateral.com), consultor en comunicaciones empresariales y marketing online.

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