Una visión optimista sobre el concepto del karma Una visión optimista sobre el concepto del karma
¿Es el karma el precio que tenemos que pagar por nuestras acciones pasadas? ¿Se trata de una sentencia irrevocable, o podemos “romper” con sus... Una visión optimista sobre el concepto del karma
¿Es el karma el precio que tenemos que pagar por nuestras acciones pasadas? ¿Se trata de una sentencia irrevocable, o podemos “romper” con sus ataduras? ¿Hay alguna posibilidad de que usemos nuestro karma para ayudarnos a lograr la realidad que queremos para nosotros?
Por Esteban Owen

Estamos acostumbrados a pensar en el “karma” como los resultados presentes de nuestras acciones pasadas, y los resultados en términos de premios y castigos. La idea más o menos difundida y popularizada en Occidente sostiene que las cosas buenas que hicimos en el pasado se traducen en un “karma bueno” en el presente, y las cosas malas que hicimos resultan en el “karma malo” que experimentamos ahora. Y asociamos estas ideas al concepto oriental de la reencarnación, y al supuesto de que hay cierta inevitabilidad en relación al karma que nos ha tocado en esta vida, ante la inexorabilidad de la ley de causa y efecto.

Pero como es de suponer, las cosas son un poco más complejas que lo que se graba en el imaginario colectivo.

Una primera dificultad surge cuando entendemos el significado mismo de la palabra “karma”. Literalmente –tal como coincide toda la literatura al respecto–, karma se traduce como “acción”. Pero entonces, ¿por qué asociamos al karma con los efectos, o los “resultados”, de nuestras acciones?

Veamos: el concepto de karma se refiere, efectivamente, a nuestras acciones físicas, verbales y mentales. Éstas van dejando huellas o impresiones en niveles muy profundos de nuestra mente, las que emergerán en algún momento futuro, cuando se reúnan las condiciones necesarias para ello. Entre la causa y el efecto pueden transcurrir diez minutos o diez vidas.

Vemos ya una primera corrección a la idea popularmente divulgada en relación al karma como un juego de premios y castigos divinos. Lo correcto es entenderlo como una “ley” que va de suyo, es decir, somos los únicos responsables de los resultados que obtenemos. Somos los “autores” de la vida que tenemos.

Observa tu presente y conocerás tu pasado

karma-002-daishoninNichiren Daishonin, un monje budista japonés del siglo XIII, lo explicó en estos términos: “Si quieres entender las causas que existieron en el pasado, mira los resultados que se manifiestan en el presente. Y si quieres saber qué resultados se manifestarán en el futuro, mira las causas que existen en el presente”.

En otras palabras: observa tu presente y conocerás tu pasado; observa tu presente y construirás tu futuro.

Pero todavía no hemos respondido a la pregunta que dejamos planteada más arriba: si karma significa “acción”, ¿por qué pensamos en el karma como el fruto de nuestras acciones, y no en las acciones en sí mismas?

La respuesta a esa pregunta encierra la clave para entender más claramente el sentido del concepto del karma, por una parte, y por otra –y tal vez más importante– para entenderlo no en un sentido determinista, como una sentencia irrevocable, sino dinámicamente, como un instrumento para operar una metamorfosis en nosotros y facilitarnos el movernos desde nuestra situación actual hacia la realidad que queremos para nosotros.

Como ya dijimos, nuestras acciones –físicas, verbales y mentales– van dejando marcas o “impresiones” en las profundidades de nuestra mente. En un sentido podemos decir que todo lo que hacemos, decimos y pensamos, nos “impresiona” a nosotros mismos. Tanto en un sentido positivo como negativo.

Para mantenernos dentro de la esfera del lenguaje y el pensamiento sánscrito (que es de donde proviene la palabra “karma”), nuestras acciones (karmas) producen en nosotros “samscaras”, esas marcas profundas a las que nos venimos refiriendo. Esos “samscaras” saldrán a la superficie cuando tengan la oportunidad de hacerlo, produciendo nuevos “karmas” (acciones) similares. Esa recurrencia del ciclo karma-samscara-karma se va instalando en nuestra psique (si se nos permite introducir abruptamente una expresión más propia de Occidente), desarrollando “hábitos arraigados”.

¿Es posible “romper” el karma?

¿Es posible romper el karma?Surge, entonces, una siguiente pregunta: ¿es posible “romper” el karma? Tratándose de una “ley”, ¿es indefectible que “paguemos” con un “karma malo” todas nuestras malas acciones del pasado? ¿Y, del mismo modo, “cobraremos” con “karma bueno” todas nuestras buenas acciones?

Parece haber algunas corrientes dentro de la cosmovisión oriental (¿en el hinduismo más que en el budismo?) que lo ven un poco de esa manera. Tal vez ahí podamos rastrear ese cierto “fatalismo” que “justifica” la existencia e inmovilidad de las castas sociales en la India.

Ciertamente hay grandes diferencias entre la cosmovisión religiosa de las clases más cultas de la India y la religiosidad popular de los sectores desclasados. Forma parte, en todo caso, de las asignaturas pendientes de todas las religiones en tanto y en cuanto el eje de su originalidad espiritual es desplazado hacia objetos y conceptos que sirven a las clases dominantes para ejercer su control sobre las sociedades que las adoptan.

Pero el fatalismo, o determinismo, no es la lógica más propia del concepto del karma. Allí donde el cristianismo propone lisa y llanamente el “perdón” a cambio del “arrepentimiento” y la “conversión” –y la teología cristiana equipara “perdón” con “olvido” divino por los pecados pasados–, la filosofía oriental enseña caminos más activos para cambiar el karma.

A diferencia del enfoque cristiano, que enfatiza que por su propia condición el hombre está incapacitado para “liberarse” a sí mismo de las consecuencias de su propio pecado, el concepto kármico ubica la responsabilidad del lado del individuo, y le requiere una “tarea”, un trabajo que debe hacer desde su propio ser interior para sanar sus “samscaras”, sus hábitos arraigados, que se traducen en los patrones de conducta que conforman su “karma” –las acciones que dan forma a su propia realidad.

Una diferencia tan radical se explica, seguramente, a partir de la diferente visión de fondo de una y otra cosmovisión. Mientras el Dios judeo-cristiano es un ser “separado” del hombre –el hombre se distanció de su Creador a causa del pecado–, el hinduismo y el budismo parecen no haber perdido la confianza en la naturaleza divina y “sagrada” del hombre. En la visión oriental, el hombre se “olvidó” de quién es realmente, se olvidó de la “unidad esencial” de todas las cosas y de su unidad con su Creador, y esa es la causa esencial de todo nuestro dolor y sufrimiento. Todas las experiencias que vivimos en esta existencia –y en todas nuestras existencias– tienen el propósito de ayudarnos a recordar quiénes somos y de dónde venimos, y a recuperar nuestra verdadera esencia.

Un enfoque tan curioso como interesante es el de la cabalá judía, que ve en los antiguos sacrificios de animales una metáfora del sacrificio que los hombres tenemos que hacer del “animal” que habita dentro de nosotros. Lo cual también requiere un trabajo interior, que tendrá, naturalmente, su correlato exterior a través de nuestras conductas y comportamientos.

La solución está dentro de nosotros

En cualquier caso, contrariamente a la idea popularizada del karma como algo que viene de afuera y frente a lo cual no hay nada que hacer, el sentido más genuino de este concepto es que la fuente del karma está en nuestro propio interior, y eso resulta liberador.

El budismo nichiren propone la práctica del “daimoku”, que consiste en la recitación de un mantra conocido como Nam Myoho Renge Kyo. Para la mentalidad occidental puede ser difícil entender este tipo de prácticas. Sin embargo, las investigaciones llevadas a cabo en las últimas décadas, con la participación de algunas de las universidades y centros de investigación más prestigiosos del mundo, han permitido confirmar y comprender gran parte del bagaje de conocimiento oriental y sus prácticas, que articulan religión y psicología.

Recitación del mantra Nam Myoho Renge Kyo

El budismo define nueve conciencias. La octava es el depósito del karma, donde se guarda registro de todas las causas que generamos en esta vida tanto como en las anteriores. Esta conciencia influye constantemente sobre nuestros comportamientos. La práctica del “daimoku”, con sus sonidos tan particulares, tiene el poder de atravesar nuestro depósito del karma (la octava conciencia), y llegar hasta la capa más profunda (la novena), la esencia de nuestro estado de budeidad.

La práctica continuada del “daimoku” –sostiene el budismo nichiren– nos ayuda a tomar conciencia de nuestras tendencias kármicas, que nos obstaculizan vivir plenamente. La creciente confianza que los seguidores de esta práctica van adquiriendo los capacita –aseguran– para desafiar esas tendencias y trascender sus karmas negativos.

En un sentido más general, las tradiciones espirituales de oriente proponen dos niveles –o planos– desde los cuales trabajar para liberarnos de nuestro karma negativo. En el plano del comportamiento cotidiano, se enseña la importancia de observar y controlar nuestras acciones y palabras, promoviendo las que resultan positivas y beneficiosas, y dejando de lado las negativas y que producen resultados no beneficiosos.

En el plano más sutil, la práctica de la meditación ayuda a penetrar hasta el nivel de los samskaras (los hábitos arraigados), abordando aquellas acciones y palabras negativas desde las raíces que las alimentan.

Junto con lo anterior, las tradiciones espirituales de Oriente enfatizan la importancia de observar y estar atentos a lo largo del día a nuestros pensamientos y emociones. Nuestras reacciones emocionales se reducen, en esencia, a dos grandes tipos: (1) las que están asociadas con obtener aquello que deseamos y evitar lo que no deseamos; y (2) las que surgen de no poder obtener lo que queremos, o no poder evitar lo que no queremos. Los resultados que se derivan de estos dos tipos de experiencias se dividen en: alegría y orgullo, en el primer caso; y frustración y celos, en el segundo.

Ambos estados emocionales son producto de nuestra ignorancia. Pero se trata del tipo de ignorancia que en la cosmovisión oriental se conoce con el nombre de “avidya”, y tiene que ver con nuestro olvido fundamental respecto de quiénes somos realmente, como partes de la totalidad. Esta “avidya” es la que nos lleva a confundir nuestros logros con nuestro ser esencial, identificándonos erróneamente con los asuntos del mundo exterior. Todo el proceso del karma se deduce o desprende de esta ignorancia básica.

Desear sin apego

Desear sin apegosPor cierto, el objetivo de la espiritualidad oriental no es el desinterés por las cosas de esta existencia terrenal. La meta es el desapego, un concepto central en aquellas tradiciones. Es interesante observar la cercanía entre el término “karma” y “kama” (sin la “r” en el medio). “Kama” es deseo. El deseo (kama) no es algo malo, y la espiritualidad oriental no se dirige a eliminar o reprimir el kama.

Pero hay un “kama” esencial, que en su estado primordial no está todavía asociado a ningún objeto o circunstancia en particular. Es la fuerza que nos impulsa y mueve a hacer todo lo que hacemos. Pero el “kama”, al exteriorizarse y asociarse a un pensamiento o un objeto del mundo físico, en busca de su realización, deviene “karma”.

Pero hay un deseo que constituye la excepción, y es el deseo de la Verdad (con mayúscula), el deseo de la Realidad, del Ser, de Dios. Es un deseo que nos lleva de vuelta hacia nuestro interior, más allá de los condicionamientos de los “samskaras” y el “karma”.

El proceso de liberarnos de nuestro karma negativo comienza, entonces, cuando comenzamos a tomar conciencia del sufrimiento que nos generamos a nosotros mismos debido a nuestro excesivo apego a los objetos de nuestro pensamiento y aquellos pertenecientes al mundo material en el que transcurre nuestra presente existencia, que no es permanente.

La visión del karma como una “maldición” o como un castigo divino por nuestras maldades pasadas pone afuera la causa de nuestros dolores y sufrimientos. Una correcta comprensión de la ley de causa-efecto vinculada con el concepto de karma ubica la causa en nosotros mismos, haciéndonos –por una parte– responsables por lo que estamos viviendo en el presente.

Pero –por otra parte– del mismo modo pone en nuestras manos la decisión y el poder para transformar nuestra realidad, creando las condiciones para el tipo de vida al que aspiramos.

Nuestro karma se convierte, así, en una herramienta a nuestro favor para iluminarnos. Es el “efecto” que nos señala hacia las “causas” que estamos generando desde nosotros mismos. Tal como enseña la filosofía hermética: como es adentro es afuera. Aquello que observamos afuera de nosotros es el más fiel reflejo de lo que hay dentro de nosotros. Si padecemos y sufrimos, debemos observar de qué manera nosotros mismos estamos generando eso como nuestra realidad y nuestro escenario.

Descubrir esas causas será la llave maestra para torcer nuestro karma y crear a nuestro alrededor el mundo que queremos habitar.

Esteban Owen

Esteban Owen

Esteban Owen es el propietario de VivirConscientes. Además es titular de Concepto Lateral (www.conceptolateral.com), consultor en comunicaciones empresariales y marketing online.

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